martes, 15 de septiembre de 2015

Dos caminos, un solo Ecuador



Ante las masivas protestas contra las enmiendas constitucionales y la política económica, la Revolución Ciudadana tiene dos caminos. El primero: bajar la guardia y lograr consensos. El segundo: contraatacar con todo, bajo la consigna bélica de matar o morir.

El sentido común aconsejaría la primera alternativa en el panorama actual del país. En una economía donde el Gobierno ya se comió las vacas gordas, según el Presidente recibiremos solo 40 millones de dólares en petróleo para 2015, cuando esperábamos 3.087 millones. El agresivo endeudamiento apenas alcanza para cubrir el déficit. Se viene un fenómeno de El Niño que amenaza al agro, hoy motor económico del país, arriesgando con ello la balanza comercial y la dolarización, lo cual puede agravarse por el incumplimiento del dragado del río Guayas. Y la anunciada erupción del volcán Cotopaxi es una espada de Damocles cuyas consecuencias catastróficas son impredecibles.

En este peligroso escenario, un estadista pondría el bienestar nacional por encima de su agenda partidista. Incluso si las enmiendas fueran justificadas, mejor sería dejarlas de lado aunque solo fuera para lograr la unidad y paz social que nos permitan a todos arrimar el hombro en tiempos difíciles. El diálogo no es solo una recomendación del papa Francisco. Es el único camino sensato para el Ecuador.

Sin embargo, el oficialismo le apuesta al segundo camino: matar o morir. La lógica no responde al bien común, sino a la supervivencia electoral. La estrategia del correísmo obedecería a la siguiente doctrina: si cedemos, nos comen vivos; por tanto, hay que pelear con todo y ver qué pasa. Avivar el conflicto les parece el mal menor.

Esa es la única explicación para lo que vivimos. Mientras el régimen dialoga frente al espejo, redobla el acoso para quebrar a los medios de comunicación e inicia la disolución de FUNDAMEDIOS, en una evidente desviación de poder similar al caso de RCTV en Venezuela, que acaba de ser condenada en la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que nuestro gobierno sí dice respetar. El correísmo avanza en las enmiendas y se obstina en su defensa a los impuestos de herencia y plusvalía, lo cual rechaza la mayoría del país. Y frente a las protestas de más de medio millón de ecuatorianos en las últimas semanas, que dejaron un saldo de 104 encarcelados según la CONAIE, el Presidente ahora reniega del derecho a la resistencia garantizado en Montecristi y amenaza, en plena sabatina, a los jueces que procesan a los manifestantes.

El Niño y el Cotopaxi, la crisis económica y la caída del petróleo, nos golpean a todos por igual, seamos oficialistas u opositores de izquierda, centro o derecha. Por ende, lo que necesitamos son paños de agua fría y promover un auténtico diálogo con concesiones mutuas para superar lo que se viene. Lo último que necesita un Ecuador ya incendiado es echarle, de lado y lado, más gasolina al fuego. La llave del camión de bomberos está en manos de Carondelet.

Twitter: @hectoryepezm

jueves, 10 de septiembre de 2015

¿Estamos preparados para El Niño?




El Niño no viene a jugar. Según Rodney Martínez, director del Centro Internacional para la Investigación del Fenómeno del Niño (CIIFEN), este fenómeno climático se repetirá en 2015 y puede ser similar al que causó las catástrofes de 1997 y 1998. Lo mismo pronostica la Organización Meteorológica Mundial. El Niño de esos años fue devastador: según la CIIFEN, hubo 352 muertos y 30.000 damnificados. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), los daños económicos ascendieron a más de USD 2.869 millones, equivalentes al 48% del producto interno bruto de 1997 de Ecuador. No, esto no es un juego.


Hoy nuestra infraestructura es superior a la de 1997. Sin embargo, los estragos de El Niño pueden ser terribles por la actual situación económica del Ecuador. Mientras el sector público raspa la olla con un petróleo por los suelos y la construcción está paralizada, es el agro lo que mantiene al Ecuador: según el Banco Central, entre enero y junio de 2015 solo las exportaciones de banano, camarón, cacao y café ascendieron a 3046 millones de dólares, cifra muy cercana a lo que vendimos en petróleo durante el mismo periodo, 3824 millones. Si El Niño arrasase con la agricultura, acuicultura y ganadería, no solo dejaría en la ruina a los campesinos —ya más del 52% viven en la pobreza según el INEC—, sino que podría desequilibrar toda la balanza comercial del país. Y eso significa un riesgo gravísimo para la dolarización: si las exportaciones son muy inferiores a las importaciones, salen más dólares de los que entran. El sistema monetario puede colapsar.


El problema es nacional, pero el principio de la solución es regional. La principal medida de prevención es extraer y evitar la sedimentación del río Guayas, cuya cuenca —la más grande del Pacífico sur— integra a nueve provincias y supera los 34.000 kilómetros cuadrados, un área diez veces más grande que el tamaño de Guayaquil. Para ello, la acción más importante en el mediano plazo es dragar el río, sin perjuicio de otras medidas de largo plazo, sobre todo ambientales, para evitar que se forme la sedimentación. En estos momentos, una draga de la Armada remueve 268 mil metros cúbicos —más de dos veces el volumen total que podía cargar el Titanic— de sedimiento para ponerlos en el islote El Palmar, que ha surgido a la vista de Guayaquil, Durán y Samborondón. Pero eso es apenas el 5% de los cinco millones de metros cúbicos de sedimentación que deben dragarse en el Guayas. Es como arar en el mar.


¿De quién es la culpa? Que no se drague desde 1968 es responsabilidad histórica del Estado ecuatoriano. Pero desde hace tres años y medio la pelota está en la cancha del prefecto Jimmy Jairala: el 26 de abril de 2012, el Consejo Nacional de Competencias resolvió que corresponde a los gobiernos provinciales “ejecutar obras de dragado” (resolución 005-CNC-2012, artículo 13), en coordinación con el Estado central, de acuerdo al artículo 263.3 de la Constitución ecuatoriana. Su artículo 273 dispone que las competencias a los gobiernos locales se otorgarán con el dinero necesario: “no habrá transferencia de competencias sin la transferencia de recursos suficientes, salvo expresa aceptación de la entidad que asuma las competencias”. ¿Entonces por qué la Prefectura no exigió la entrega de los USD 60 millones que cuesta el dragado, cuando el presupuesto provincial de Guayas en 2012 era USD 156 millones? ¿Por qué Jimmy Jairala no defendió de pie los recursos para la provincia, cuando en 2012 sobraba la plata del petróleo? ¿O será que aceptó asumir la competencia sin recursos suficientes, como prevé el artículo 273 de la Constitución? ¿Tendrá algo que ver que, en abril de 2012, estábamos a las puertas de las elecciones del 2013 en las cuales su movimiento político apoyó la campaña presidencial de Rafael Correa? La provincia merece respuestas claras a estas interrogantes.


¿Propuestas? Decretar estado de excepción en la cuenca del Guayas —Colombia y Perú ya declararon emergencia— para tomar las siguientes medidas. Primero, contratar el dragado urgente: si la Prefectura no tiene plata, el Gobierno debe cubrir el costo de inmediato. USD 60 millones para dragar es muchísimo más barato que los USD 2.869 millones de daños que dejó El Niño en 1997 y 1998. Segundo, ya que ese dragado indispensable no alcanzará a mitigar el impacto de El Niño, cuyo golpe duro se prevé para noviembre, hay que intensificar el trabajo en drenajes y canales de la cuenca del Guayas (parte de eso ya se ha anunciado). Tercero, se debe elaborar un plan integral de apoyo al agro con capacitación y crédito, incluso evaluando la posibilidad de subsidios focalizados. Cuarto, urge reubicar a quienes viven en zonas de riesgo para evitar muertes y destrucción de hogares. Y, por último, es necesaria una campaña masiva de prevención para que los habitantes en áreas urbanas y rurales sepamos cómo reaccionar ante posibles catástrofes. De seguro hay más y mejores ideas. La pregunta es qué esperan las autoridades para, en vez de montar caballos, tomar el toro —o, más preciso, al Niño— por los cuernos.

Publicado en http://gkillcity.com/articulos/el-mirador-politico/estamos-preparados-el-nino

lunes, 31 de agosto de 2015

Somos más... ¿Y ahora?




Ecuador asiste a la decadencia política de Alianza País. Está por verse si eso se traducirá en un cambio electoral el 2017. Lo cierto es que el modelo correísta está hecho pedazos ante el derrumbe petrolero, luego de casi 9 años de incontenible gasto público que en parte se invirtió en infraestructuras y modernizar servicios públicos, mientras por otro lado se despilfarró en tejer una red impresionante de clientelismo político. Todo con la consigna ideológica de reemplazar, hasta la asfixia, a la empresa privada. Contratos para los ricos, consumo y empleo burocrático para la clase media, bono para los pobres: esa fue la estrategia para anestesiar, con abundancia de petrodólares, a la mayoría de la sociedad para impunemente secuestrar la justicia, perseguir a periodistas y opositores, tomarse el Consejo Nacional Electoral, encubrir la corrupción y construir un autoritarismo del siglo 21 que destruye las libertades bajo el pretexto de las elecciones.

Pero el modelo se vuelve insostenible sin petróleo ni respaldo popular.

Es lo que ocurre hoy: si sumamos 355 mil personas el 25 de junio en Guayaquil y más de 100 mil el 13 de agosto en Quito, alrededor de medio millón de ecuatorianos hemos salido a las calles en las últimas semanas. Eso más decenas de miles en otros días y lugares a lo largo del Ecuador. La cifra es altísima para un país con 15 millones de habitantes. Solo en Guayaquil protestó más del 10% de su población: si no estuvo personalmente, cualquier guayaquileño seguro tiene un amigo o pariente que salió el 25 de junio a la 9 de Octubre. Pese a que una parte timorata —o chantajeada— de la prensa lo disimula, somos muchisisísimos más quienes queremos un cambio democrático y estamos dispuestos a luchar por él.

La pregunta es: ¿y ahora? Ante la agonía del correísmo, algunos pretenden satanizar a la izquierda para promover un giro a la derecha. Con la crisis de Dilma en Brasil y Maduro en Venezuela, el eco es latinoamericano. Sin embargo, a nivel regional, las protestas también se dirigen contra gobiernos de centro o derecha como en México y Guatemala. El problema principal del correísmo —o del socialismo del siglo 21— no es ser un proyecto de izquierda, sino un proyecto autoritario. Y el autoritarismo no distingue entre izquierda o derecha. Si quienes lideran la política y la opinión pública no llegan a esa conclusión, es posible que el péndulo nos lleve a una derecha —o a otra variante de la izquierda— igual o peor que Alianza País.

Lo urgente en Ecuador, por tanto, no es discutir sobre izquierdas y derechas, sino sobre autoritarismo y democracia. También urge admitir que la democracia no es algo a recuperarse, sino a prácticamente inaugurarse en nuestra historia reciente. Lucio destituyó a la Corte Suprema. Jamil nos llevó al desastre económico. Abdalá gobernó como un lunático. Los tres fueron derrocados. Rafael pescó a río revuelto y profundizó la tendencia a hacer política contra los valores democráticos. La diferencia es que fue más hábil que el resto y le jugó la lotería del petróleo.

Una y mil veces la historia lo comprueba: el combate a un régimen autoritario no necesariamente conduce a la democracia. Sobre todo si no se atacan las causas del autoritarismo y no se practica un esfuerzo extraordinario para evitar que se reinstalen en la sociedad. Si se enfrentara al correísmo a través del insulto, la violencia y el sectarismo, con líderes de mano dura y mesías que prometen borrón y cuenta nueva, se abriría la puerta a reeditar los mismos vicios de hoy en la derecha o la izquierda. Incluso puede que Alianza País prevalezca a falta de una clara diferenciación al momento de las elecciones. Igual riesgo existe si quien encara al oficialismo, siendo democrático, no conecta con las preocupaciones masivas de las grandes mayorías de la clase pobre y media.

Así, el 2017 exige un difícil balance: carisma sin megalomanía, tolerancia sin debilidad, inteligencia sin arrogancia, popularidad sin populismo. Y voluntad firme para edificar instituciones democráticas con amplia participación nacional, lo cual requiere un equilibrio entre liderazgo y consenso. Son varios los caminos para llegar allá. Ninguno pasa por la hipertrofia del ego ni el extremo de las ideologías.


Twitter: @hectoryepezm



martes, 25 de agosto de 2015

Militarizar la calle



Mientras el presidente Rafael Correa hace propaganda sobre el diálogo, las Fuerzas Armadas se toman las calles del Ecuador. Ante el anuncio de un paro nacional y un levantamiento indígena contra las enmiendas constitucionales —luego de protestas masivas que empezaron el 25 de junio en Guayaquil— el Presidente llamó a los militares a “combatir por la patria”, desnaturalizando su deber de proteger la soberanía nacional para involucrarlas en asuntos internos en defensa de Alianza País, el partido oficialista. Desde entonces, las FFAA están en un lugar que no les pertenece y su participación no debería ser aceptada bajo ningún argumento.
El 18 de agosto, la infantería de marina llegó a Macas y, días después, 1.200 policías y militares rodearon la gobernación de Morona Santiago. Esto desembocó en enfrentamientos entre indígenas y militares. Tres días antes, el 15 de agosto, a los militares se les pasó la mano con los protestantes y llegaron al extremo de disparar a una casa donde ellos se refugiaban en Sucúa, un pueblo de Morona Santiago. El hecho fue reproducido en un video que el Ministro de Defensa Nacional, Fernando Cordero, no pudo negar ante la entrevistadora María Josefa Coronel en Teleamazonas. Corcho acusó a Coronel de desinformación y justificó el “uso progresivo de la fuerza”. No le quedaba más: es imposible tapar con un dedo la represión contra el pueblo ecuatoriano.
Es cierto que durante las manifestaciones de estas últimas semanas hubo personas violentas, pero la inmensa mayoría de los cientos de miles de ecuatorianos —siquiera medio millón— que hemos protestado en las calles de Guayaquil, Quito, Galápagos, la Amazonía y el resto del país, nos hemos expresado en paz y democracia. Muchos en familia, con niños y adultos mayores. Los violentos —a quienes la Conaie, no sé si con razón, acusa de infiltrados— son una pequeñísimo grupo. Y esa violencia, por minoritaria que sea, hay que condenarla con todas las letras: el único camino hacia la democracia es la resistencia pacífica. En cualquier caso, militarizar las calles al estilo de dictadura setentera es inaceptable.
Que las FFAA intervengan en los conflictos internos del país es inconstitucional. El artículo 158 de la Constitución limita el rol de las Fuerzas Armadas a defender la soberanía y la integridad territorial. Para la seguridad dentro del país está la Policía Nacional. Y si para los oficialistas eso no es suficiente, entonces nos deben una explicación sobre cómo administran la institución policial. El problema, por supuesto, es que la Constitución no siempre es respetada por los asambleístas. Por eso, en 2014, la mayoría la violó para reformar la Ley de Seguridad Pública y del Estado, que permite a los militares “apoyar” a la policía en la seguridad interna. Con el pretexto de combatir la delincuencia, abrieron la puerta a la militarización de la calle.  Como la reforma fue inconstitucional —ya que una ley no puede estar sobre la Carta Magna—,  el paquete de enmiendas vigente en la Asamblea busca cambiar de una vez por todas el artículo 158 de la Constitución para autorizar a las Fuerzas Armadas a “complementariamente, apoyar en la seguridad integral del Estado de conformidad con la ley”. Se quiere legalizar lo inconstitucional. 
La situación es grave. Ya fue Ecuador sentenciado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos —que el Gobierno sí dice respetar— por asignar tareas de seguridad interna a los militares. El argumento de la Corte es que Fuerzas Armadas están entrenadas para la guerra, para neutralizar al enemigo externo y no para proteger al ciudadano común, que es la misión de la Policía. Cambiar los roles de estas instituciones suele desembocar en violaciones de los derechos humanos, como ha pasado en otros países. Y ese es el grave riesgo de manipular los deberes de las Fuerzas Armadas para defender un “proyecto político” por encima de la Constitución.

Publicado en Gkillcity.com

martes, 18 de agosto de 2015

Manuela Picq



Está en video: mientras protestaba pacíficamente el 13 de agosto, la francesa y brasileña Manuela Picq fue agredida, vejada y detenida por una fuerza pública que, en vez de defender la Constitución, se ha convertido en la fuerza de choque del correísmo. A Manuela la intentaron deportar, sin ninguna motivación jurídica, violando sus derechos como migrante dedicada a la academia y al periodismo. ¿Su delito? Alzar la voz contra el gobierno y enamorarse de Carlos Pérez Guartambel, uno de los líderes del levantamiento indígena que ha sacudido el país para exigir el archivo de las reformas constitucionales que pretenden eternizar a Rafael Correa como monarca de facto del Ecuador.

El caso de Manuela Picq es dramático, sí, pero es solo la punta del iceberg.

Antes que nada, revela la doble moral de una Revolución de la Chimoltrufia que como dice una cosa, dice otra. Mientras asilan a Julian Assange en la embajada de Londres con nuestros impuestos, alegando la defensa mundial del debido proceso y la libertad de expresión, casa adentro niegan derechos a una extranjera por expresarse en las calles y en los medios. No, en Ecuador no se guardan las apariencias. Lo que normalmente se disimularía para evitar el escándalo, aquí se publicita en televisión nacional, entre la novela y el partido de fútbol, como demostración de omnipotencia política. Para que todos sepamos quién manda.

Pero la realidad es testaruda: esos mismos ciudadanos, en cuyo nombre la Revolución impone su puño autoritario, hoy repletan las calles a lo largo del país. Tal como Manuela Picq y Carlos Pérez Guartambel, Salvador Quishpe y Lourdes Tibán, los trabajadores y los médicos, los estudiantes y los jubilados, somos cientos de miles quienes —antes forajidos, hoy golpistas blandos— exigimos un cambio democrático. Así, aunque no sea ecuatoriana de nacimiento, Manuela Picq se ha convertido en la punta del iceberg de esa protesta violentamente reprimida por la fuerza pública que comanda el ministro José Serrano, cuya foto en redes sociales, escondido detrás de los escudos policiales y arengando a los uniformados, es la mejor caricatura de la tragicómica represión al pueblo, que es siempre tan arrogante como cobarde.

Y el iceberg sigue creciendo: Nina Pacari reclamó por la detención de más de 70 indígenas (contados al fin de semana pasado) y Salvador Quishpe denunció a infiltrados violentos, con las caras tapadas, que intentaron deslegitimar la protesta. Y mientras la amplísima mayoría de manifestantes hemos salido en paz y en familia a expresar nuestra opinión, la agresión policial genera un círculo de violencia cuyo desenlace es imprevisible. ¿Qué esperan para oír al pueblo? ¿Cuándo entenderán que nadie se come el cuento de un diálogo frente al espejo, montado como las sabatinas, para hablar de equidad mientras el Presidente tiene dos aviones de lujo para su uso particular? ¿Cuándo admitirán que no es Revolución empeorar los vicios de la partidocracia que han reciclado, ni es Ciudadana una argolla política que, en vez de obedecer al pueblo, lo pretende silenciar a punta de toletazos? ¿Cuándo se darán cuenta de que la solución para tranquilar al país no es decretar un irresponsable estado nacional de excepción, manipulando la situación del Cotopaxi, sino simplemente escuchar, cumpliendo el deber más elemental de un gobierno en democracia?

Twitter: @hectoryepezm




lunes, 10 de agosto de 2015

El golpe duro




Prohibido olvidar. En 2006 el correísmo habló —en parte con razón— de una “larga noche neoliberal” para llegar al poder. En 2014 habló de una “restauración conservadora”, para maquillar su estrepitosa derrota el 23 de febrero, cuando perdió no solo la alcaldía de Quito, sino en 9 de las 10 ciudades más pobladas del Ecuador. Y hoy, en el último capítulo de la novela correísta, nos hablan de “golpe blando” cuando cientos de miles de ecuatorianos, de toda ideología y clase social, hemos exigido rectificaciones económicas y políticas en la calle.



Después de ocho años y medio, todos conocemos la manía oficialista de acuñar muletillas para disfrazar las profundas realidades del país. Sin embargo, es evidente que aquí no hay ningún golpe en marcha. Ningún líder con peso político ha propuesto derrocar a nadie. Sería además absurdo, yendo de Guatemala a Guatepeor, pretender bajar a Rafael Correa para subir a Jorge Glas, Gabriela Rivadeneira o las Fuerzas Armadas. Por otro lado, el gobierno atribuye la teoría del golpe blando a Gene Sharp, autor sobre la resistencia pacífica y no violenta contra regímenes totalitarios. En la neurosis de Alianza País, entonces Gandhi debe haber sido golpista blando.



Lo que se dice, por tanto, es una tontería; pero lo que se calla no lo es.



Lo que pretenden ocultar es el golpe duro a la economía: ya está en paro nacional la construcción, la actividad que más empleo y movimiento genera en el país, no por las protestas ni el levantamiento indígena, sino por la incertidumbre ante las políticas económicas y tributarias del gobierno. Si no se construye, los obreros no trabajan, los miles de ciudadanos con “empleo inadecuado” que esperan en las calles el cachuelo del día no son contratados, las madres de familia no venden almuerzos y los tenderos se quedan colgados, en una economía donde, gracias a las salvaguardias y otras medidas, la inflación supera el 4% y convierte a Ecuador en un país revolucionario donde el dólar, en vez de subir como en el resto del mundo, sirve para cada día comprar menos.



Lo que pretenden ocultar es el golpe duro a la justicia social: mientras el régimen correísta gasta en elefantes blancos como Yachay, donde se inventó una ciudad de más de mil millones de dólares y pagan sueldos de casi 17.000 dólares con nuestros impuestos —montos que antes criticaban en el sector privado—, resulta que en los hospitales públicos no hay medicinas, los niños en el campo no pueden llegar a escuelas lejos de sus hogares y en Guayas no se draga el río pese a la amenaza de un fuerte fenómeno del Niño.



Lo que pretenden ocultar es el golpe duro a la democracia: no solo Rafael Correa es un golpista confeso que defendió el derrocamiento de Lucio Gutiérrez —pésimo presidente, por cierto—, sino que promovió un golpe a la Función Legislativa cuando destituyó, aliado con Elsa Bucaram en el Tribunal Supremo Electoral, a 57 congresistas reemplazados por los diputados de los manteles, y hoy promueve un golpe durísimo a la Constitución para reelegirse indefinidamente, estatizar la comunicación, quitarle derechos a los obreros en el sector público y militarizar la seguridad ciudadana, entre otras reformas.





En Ecuador hay golpes, sí, y bien duros. Pero el cuadrilátero de la propaganda oficial está al revés. En la realidad, quien da los golpes es Alianza País. Y quien los recibe es un pueblo que ya no tolera un solo puñetazo más.


lunes, 3 de agosto de 2015

La Revolución de la Chimoltrufia





Las vueltas que da la vida: el mismo gobierno que llegó al poder con cantos izquierdistas de sirena, al mando de un contestatario Rafael Correa que amenazaba con una revolución socialista del siglo 21 y las reivindicaciones de un “cambio de época”, hoy se ha vuelto el peor enemigo de los movimientos sociales, los activistas indígenas y las fuerzas progresistas. Muchos cuestionan si esta Revolución alguna vez fue de izquierda o simplemente utilizó un discurso de cercanía popular para imponer una agenda de derecha. Yo no suscribo esa tesis. Más bien pienso que el correísmo es una amalgama sin ideología, cuya única agenda es el poder por el poder y cuyo único instrumento es una visión autoritaria de la política que no puede entenderse desde la distinción, tantas veces inútil, entre izquierda y derecha. La problemática social es muy compleja como para reducirla a dos bandos. Eso está bien para el fútbol.



En el fondo, la única ideología del correísmo es la conquista inagotable del poder. ¿Se acuerdan de la Constitución de los trescientos años? Así es perfectamente entendible ser de extrema izquierda para quitar la herencia a las familias y, a la vez, de extrema derecha para arriesgarse al etnocidio en la explotación del Yasuní. En la ideología del correísmo resulta lógico, para mantener el poder durante las vacas gordas, gastar y gastar en una orgía populista sin ahorrar medio centavo y al mismo tiempo endeudarse más que nunca en la historia. Como también resulta lógico, para mantener el poder durante las vacas flacas, meterles la mano en el bolsillo a los ciudadanos y raspar hasta el cocolón del ahorro de las familias, aunque sea contra grupos supuestamente protegidos por la “izquierda”, como los maestros, los jubilados, los trabajadores o las amas de casa. Y, por supuesto, resulta asimismo coherente, en su sinfonía totalitaria, que una Revolución dizque alfarista satanice como “ilegítimo” e “ilegal” un paro nacional, cuando la huelga, garantizada en la Constitución de Montecristi, constituye una de las conquistas más emblemáticas del derecho laboral.



Por ello, la Revolución Ciudadana está siempre al revés de sí misma. Puede cobijar en la misma sábana a Jorge Glas y a Ricardo Patiño, sin ningún inconveniente, porque es al mismo tiempo capitalista y socialista, conservadora y progresista, y a veces hasta finge ser de centro, cuando pretende situarse entre el neoliberalismo y la izquierda infantil. Por eso llama al diálogo mientras interrumpe novelas y partidos de fútbol para insultar a los ciudadanos; condena bombas panfletarias mientras gobierna con Alfaro Vive Carajo; asila a Assange y defiende a Snowden mientras publica chats privados de Whatsapp; sermonea sobre justicia social mientras el Presidente goza de dos aviones de lujo pagados con impuestos y la SENAIN espía desde una mansión con piscina incautada a los Isaías. Por eso un día el caudillo proclama que la democracia exige alternancia, al siguiente replica que eso es un discurso burgués y poco después concluye que la reelección tal vez no haga falta, para sin rubor volver a contradecirse pasado mañana.



No debe sorprendernos. Para la Revolución, al fin y al cabo, las palabras, como los votos, no son más que herramientas desechables en su única misión histórica: acaparar la mayor cantidad posible de poder, en una cruzada autoritaria cuya coherencia —quitándole el humor— es del mismo nivel de la simpática Chimoltrufia: “Como digo una cosa digo otra, pues si es que es como todo, hay cosas que ni qué. ¿Tengo o no tengo razón?”



Twitter: @hectoryepezm